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sep. 18
EN DEFENSA DE MIS PACIENTES CON TDAH (Y DE MUCHOS OTROS A LOS QUE NO CONOZCO), ESPECIALMENTE DE LOS Y LAS ADOLESCENTES.

Sí, claro que hay aspectos sociales implicados en la génesis, la

expresión sintomática, la evolución y el pronóstico del TDAH. El 

TDAH es un fenómeno complejo resultado de la interacción de 

múltiples factores, tanto biológicos como psicosociales. Esta es mi opinión profesional, que está basada en datos, no en creenc​ias. 

Datos que no alcanzan, ni alcanzarán nunca la certeza total. Porque 

el diagnóstico y la evolución del TDAH, como ocurre con el resto de 

los trastornos psiquiátricos y en la vida en general, transcurre 

siempre en un marco de cierta incertidumbre, que hay que asumir y 

con la que tenemos que lidiar, pero que implica un aspecto muy 

positivo: no hay ninguna evolución en la vida de una persona que 

esté totalmente cerrada de antemano, siempre hay un margen que 

permite modificar trayectorias previas que parecían abocadas al peor 

final pensable.

Lo que os pasa, lo que vosotros y vosotras sentís, vuestras 

luchas y sufrimientos son VERDAD, no son un “invento”. 

Aunque no todo lo que os ocurre es debido al TDAH; el TDAH es un 

aspecto de vuestras vidas, que puede llegar a ser muy importante, 

pero sois mucho más que “un TDAH”. Sé cómo os duele cuando leéis 

u oís algunos de los muchos comentarios que circulan por los 

múltiples medios a los que tenéis/tenemos acceso (esta es la realidad 

que nos ha tocado vivir en este momento histórico-social), que el 

TDAH no existe, que es un invento o, peor aún, que vuestros padres 

tienen la culpa de lo que os pasa. Sé lo daniño que puede llegar a ser 

para cualquiera persona que otra persona(s) a la que se supone y de 

la que se espera que, como adulta (o profesional) que es, cuide, 

proteja y eduque de forma “suficientemente buena” a la generación 

más joven (o a sus pacientes de cualquier edad), no reconozca/valide 

vuestras emociones y percepciones, las niegue o rechace (“eso no 

existe… es un invento”) y ni siquiera os escuche, iniciando un dialogo 

en el que vosotros os podáis sentir reconocidos, validados y personas 

dignas y capaces de ser oídas y de deliberar con esa “figura de 

autoridad”. Este es uno de los aspectos sociales que “pesan” sobre 

las personas que tienen un TDAH en la actualidad: el bombardeo 

continúo de una polémica en torno al TDAH que, en general, se 

desarrolla en una forma dilemática (blanco o negro), excluyente (mi 

verdad es la verdad absoluta y lo que pueda decir el que no piensa 

como yo no merece ser oído) y tremendamente simplificadora (o 

simplona) de una realidad que por definición es muy compleja… o 

sea, un debate tremendamente inmaduro de los que se supone son 

“figuras de autoridad”, adultas y maduras.

Verás, yo he tratado a lo largo de los últimos 12 años personas con 

TDAH de todas las edades. Y cuando digo tratado no me refiero a 

tratar con un fármaco y ya está; hemos ido abordando muchos otros 

aspectos además del estrictamente farmacológico. O del 

estrictamente personal individual. También hemos abordado 

dificultades familiares o en otros ámbitos sociales. Es más, si en mi 

mano estuviera, el “paciente” no seríais vosotros; me parece mucho 

más adecuado que el “agente” que padece el TDAH sea la familia; 

“agente” porque el que padece no es un “paciente” que obedece las 

instrucciones de un “experto” de forma pasiva, sino una persona con 

capacidad de acción y decisión, que tiene sus pensamientos y sus 

valores y tiene derecho a expresarlos y a que sean tenidos en cuenta 

tanto como los conocimientos científicos del experto; y la familia 

porque no es raro que haya más de un TDAH dentro de la misma 

familia y porque un TDAH dejado evolucionar a su “libre albedrío” 

puede originar deterioros o complicaciones no solo en la vida del que 

lo padece sino también en la de aquellos que conviven con él o ella y 

le quieren. Por lo tanto, no se trata de diagnosticar, poner un 

tratamiento y adiós muy buenas; es importantísimo realizar un 

seguimiento adecuado que nos permitirá ir detectando, a tiempo, 

donde surgen áreas de dificultad que requieren atención y la 

búsqueda de una solución consensuada entre el paciente, tenga la 

edad que tenga (por muy pequeño que sea es una persona que 

merece ser escuchada), su familia y el profesional: cada uno aporta 

una perspectiva diferente y si conseguimos escucharnos unos a otros, 

en el marco de una relación terapéutica basada en la confianza mutua 

que facilitará el que podamos escucharnos sin estar a la defensiva, 

acabaremos encontrando la mejor solución.

Porque aunque la medicación ayuda mucho, o sea es eficaz (un 

gran cuerpo de investigación empírica ha demostrado 

consistentemente la eficacia de los fármacos para el TDAH a corto y 

medio plazo, y sí que existen estudios a largo plazo), es un 

tratamiento sintomático (es decir, sólo está ayudando cuando se 

toma y mientras dura su efecto) y no controla los síntomas al 100%. 

Los medicamentos que utilizamos habitualmente en el tratamiento 

del TDAH están entre los más estudiados de todos los que se utilizan 

habitualmente, no sólo en pediatría o en psiquiatría, sino en la 

medicina en general. El primer estudio clínico que se realizó sobre el 

efecto de los estimulantes (así se denomina a esta familia de 

fármacos; ¡hay familias en todas partes!) avalando su eficacia para el 

tratamiento de lo que entonces se denominaba síndrome hiperactivo 

se llevó a cabo en 1937. Lo que ahora conocemos como TDAH ha ido 

cambiando su denominación a lo largo de los años, pero si se revisa 

la historia puede comprobarse que lo que no ha cambiado tanto es el 

fenómeno que describe, a pesar de que si ha cambiado el 

conocimiento sobre muchos de los aspectos implicados en sus causas, 

sus manifestaciones clínicas y su evolución. El metilfenidato, que es 

el fármaco estimulante más utilizado en el tratamiento del TDAH en 

Europa fue comercializado en 1955. La medicación es segura: los 

informes empíricos y la experiencia clínica demuestran que la 

mayoría de los efectos secundarios que producen estos fármacos son 

leves y/o transitorios, a pesar de lo cual siguen realizándose estudios 

ya que, al igual que con todos los medicamentos e incluso las 

intervenciones no farmacológicas pueden ocurrir y ocurren efectos 

adversos (las intervenciones psicoterapéuticas o educativas también 

pueden tener efectos secundarios), y su uso requiere un seguimiento 

continuado. La medicación también es específica: actúa sobre lo 

que necesitamos mejorar. Y ya que estamos hablando de la 

medicación añadiré que yo también consideró que sería necesario que 

la industria farmacéutica estuviera sometida a una regulación que 

obligará, incluso legalmente, a que su proceder respete los principios 

éticos que deberían guiar toda actuación humana (sin ellos todos 
​​
perdemos “humanidad”).

Decía que en los últimos 12, casi 13 años, en la consulta del centro 

de salud mental público donde trabajo, he visto crecer niños que 

llegaron “derrotados”, hartos de querer hacerlo bien y no conseguirlo, 

doloridos por el sufrimiento que provocaban en las personas a las que 

más querían (algunos bien pequeños me hablaron de que “lo suyo no 

tenía solución”), les he acompañado (a ellos y ellas y a sus familias) 

en su lucha con sus dificultades, y con la dificultad de aceptar su 

“diferencia” mientras pelean para incorporarse a una sociedad/medio 

escolar que no tolera las diferencias; a lo largo de ese proceso he 

tenido que trabajar con ellos y sus familias para ayudarles a salir de 

“baches” en los que volvían a sentirse “derrotados” o con un ánimo 

más desesperado que deprimido, en muchas ocasiones reactivo a 

períodos en los que nuevamente la vida se les había complicado, con 

cierta frecuencia como consecuencia de que las dosis de medicación 

se habían quedado cortas y por razones que tenían que ver con sus 

vidas o con la saturación de mi agenda, se habían alargado más de lo 

deseable, o porque situaciones traumáticas u otros eventos vitales 

estresantes se habían interpuesto en sus vidas, desbaratando el 

equilibrio previamente alcanzado; y les he vuelto a ver “sacar la 

cabeza” del agujero del sentimiento de impotencia y de derrota como 

personas y seguir peleando para alcanzar sus objetivos, en muchas 

ocasiones como auténticos “jabatos”. He visto a familias que llegaron 

aplastadas por la culpa, la desesperación y la impotencia, y que me 

transmitían un intenso sufrimiento, salir de ese estado, ajustar 

pautas durante años para ir adaptándolas a las necesidades del niño 

en cada momento evolutivo de su desarrollo, luchar sin descanso 

para intentar desmontar los prejuicios de determinados profesores o 

centros escolares, u otras personas de su red social (y agradecer muy 

emotivamente el trabajo colaborativo que han podido llevar a cabo 

con otros), buscar hasta debajo de las piedras los apoyos que sus 

hijos, o ellos mismos, pudieran necesitar y que no siempre eran 

fáciles de conseguir. He visto adultos que llevaban años intentando 

“ser de otra manera”, “hacer las cosas bien” sin conseguirlo y 

también he sentido su sufrimiento; y les he escuchado (y agradecido) 

agradecerme de corazón el haber hecho un diagnóstico y haberles 

ofrecido un tratamiento que, por fin, les ha permitido acercarse a ese 

propósito y empezar a solucionar problemas y situaciones que 

previamente habían intentado abordar con todos los recursos de que 

disponían, con poco o ningún éxito. Les he visto transformarse de 

personas tristes, hundidas y desesperadas en personas que sonríen, 

que se sienten capaces y que, por fin, pueden demostrarse a sí 

mismas que son buenas… y entender que es lo que les ha estado 

impidiendo vivir de una manera diferente a como ellos querían vivir. 

Las vivencias que estos adultos me han narrado me han permitido 

hacerme una idea (mucho más “real” de la que conozco a través de la 

teoría) de cómo podían haber sido las vidas de esos niños a los que 

he visto crecer si no se hubiera detectado su trastorno y se hubiera 

tratado…

No puedo acabar estas líneas sin expresar mi agradecimiento a tantos 

pacientes y tantas familias que me han “obligado” a revisar mis 

prejuicios, que me han permitido aprender que las cosas son siempre 

mucho más complejas de lo que pueda parecer a primera vista, que 

han compartido conmigo sus sufrimientos pero también sus alegrías, 

sus logros y sus satisfacciones, y que mantienen vivo mi entusiasmo 

y mi deseo de seguir trabajando en esta profesión, difícil siempre, 

dura en algunas ocasiones, pero siempre apasionante…



Concha Fernández Ramírez. Psiquiatra Infantil (sin título oficial 

reconocido porque en este país aunque hace poco se reconoció esta 

especialidad aún no se han puesto en marcha los mecanismos para 

tramitar el título oficial), trabajando única y exclusivamente en la 

sanidad pública madrileña.


may. 28
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